En conversación con el maestro

Ahora que avistamos el final de 2025, volvemos la mirada hacia aquellos maestros de quienes tuvimos la fortuna de asistir, quizá sin saberlo, a su última clase. Uno de ellos es el profesor José Carlos Rovira, quien el pasado curso se apartó definitivamente de la docencia que durante tantos años impartió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alicante. Precisamente por todo lo que esta institución ha significado en su trayectoria y por el estrecho vínculo que aún mantiene con ella en tantos sentidos, tuvo la amabilidad de acercarse una tarde de octubre al aula del Máster de Profesorado para ofrecernos una enriquecedora charla. En ella trazó un breve recorrido por su biografía, íntimamente entrelazada con su vida académica.

A través del visionado del documental que se le dedicó en 2024 —José Carlos Rovira. Leer las imágenes, mirar las palabras. Magisterio de maestro— nos adentramos en los espacios que habita cotidianamente, repletos de libros y cuadros. Y es que, según explica el propio Rovira, la literatura irrumpió desde muy temprano en su vida, hasta convertirse en una suerte de salvación, un refugio frente a la soledad que a veces acompaña a la infancia.

La figura de Miguel Hernández supuso para Rovira una obsesión juvenil que perdura hasta hoy. No es casual, por tanto, que su vida académica se inaugurara con el estudio del Cancionero y romancero de ausencias, fruto de su tesina, realizada bajo la estela de su maestro Alonso Zamora Vicente. Tal vez el espíritu revolucionario del poeta oriolano despertó también la conciencia política de aquel joven Rovira que, en los últimos años de la dictadura, fue encarcelado en Palencia por la difusión de ideas de izquierdas durante una asamblea ilegal organizada en la facultad. Años después, en 1974, obtuvo una plaza como lector en la Universidad de Florencia, ciudad que se sumó a la ya ensanchada lista de lugares por los que siente una singular atracción y que inauguró una línea de investigación en torno a la relación entre literatura y ciudad, de la que surgirían trabajos como su reciente publicación Leer las imágenes, mirar las palabras.

El periplo que realizó por bibliotecas de todo el mundo —entre las que destacan la de la Universidad de Virginia, la Biblioteca Nacional de Chile o la Biblioteca de México— fue para él un auténtico refugio. La admiración por estos espacios de conocimiento lo condujo a reflexionar sobre las bibliotecas virtuales y a formar parte de la dirección de uno de los proyectos más ambiciosos impulsados por la Universidad de Alicante: la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Entre recuerdos de su trayectoria académica, Rovira intercaló poemas que marcaron su vida, recitados de memoria, dejándonos a todos embelesados con versos como: «Perseguidos, hundidos / por un gran desamparo / de recuerdos y lunas / de noviembres y marzos, / aventados se vieron / como polvo liviano: / aventados se vieron, / pero siempre abrazados».

Tras enumerar una serie de obras que responden a su dedicación a editar libros que le habría gustado escribir —como algunos del chileno Raúl Zurita—, el profesor Ballester dio paso a un ágil diálogo de preguntas relámpago. Estas nos condujeron a una reflexión tan necesaria como sugerente sobre los derroteros del sistema educativo actual y la importancia de la formación lectora desde la infancia. El mensaje con el que cerramos esta entrada coincide con aquel con el que Rovira concluyó su intervención aquella tarde de otoño: amar lo que hacemos y creer en la literatura como herramienta fundamental para el trabajo en el aula. Solo así, afirmó, lograremos que nuestro alumnado se ilusione con las imágenes, con los textos, con las obras… porque la mayor satisfacción que puede tener un profesor es que sus alumnos continúen el camino que él mismo comenzó.

 


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